Hay un dicho sufí que dice: indigente, incrementa tu necesidad.
Un buscador tiene necesidad y esa misma necesidad es la que lo mueve y estimula..
No me refiero solo a aquellos que legítimamente buscan recompensas emocionales, teorías con las que excitar la mente, experiencias que lo alejen de la monotonía y el aburrimiento de lo cotidiano, que le ofrezcan la oportunidad de sentirse diferente y exclusivo o de encontrar modos de dar salida a la vanidad o a cualquier otra clase de pulsión o conflicto. Todo esto puede estar presente -y de hecho lo está- en un buscador, pero lo que lo caracteriza es precisamente esa necesidad. También los buscadores han seguido más o menos los mismos pasos y conocen lugares comunes en los que poderse reconocer: meditación, yoga u otras disciplinas orientales, estudios esotéricos, prácticas psicofísicas, exploración de estados alterados de conciencia, rituales de todo tipo, energías, entidades incorpóreas, energías sutiles…
Muchas personas se sienten cómodas y felices como buscadores y para ellos eso es suficiente. Sienten que avanzan, que son mejores o que saben más cosas que los demás, incluso muchos, después de un tiempo, ejercen de precursores y guías de otros buscadores novatos. Algunos profundizan y se hacen expertos en determinadas disciplinas que les son valiosas y gratificantes y otros, en cambio, prefieren experimentar y estudiar varias distintas. Pero a pesar de ser muchas de estas prácticas y estudios de gran valor y sumamente interesantes, un cierto tipo de buscador sigue buscando.
Posiblemente no sepa definir el objeto de su búsqueda pero sin embargo sí se da cuenta de lo que no le satisface, sabe que no ha sido llenado, constata que una y otra vez su necesidad sigue presente, activa, a pesar de que ciertas prácticas hayan momentáneamente mitigado esa necesidad. Pero tiene hambre y sed reales. Por tanto solo termina su búsqueda cuando lo real aparece.
A alguien con hambre no se le sacia solo con las fotos de los platos de un restaurante. Necesita comer: necesita ingerir alimento.
Y entonces, solo a partir de la verdadera necesidad de lo real puede aparecer la llamada y ser iniciado en la Vía.
Muchas de las personas que en algún momento de sus vidas se han definido como buscadores, intuyen o descubren que, efectivamente, parece existir un Fuente original de conocimiento que a veces, y siempre de manera discreta, se muestra de distintas formas pero que, de algún modo, se puede reconocer.
Se percibe como algo que va más allá de la mera documentación académica acumulada en lecturas; que va mucho más lejos de pequeñas o grandes experiencias vitales, sensoriales o de estados alterados de conciencia; que es mucho más grande y potente que la información que puedan manejar personas versadas, sensibles y experimentadas en distintas técnicas, escuelas o saberes. Que no tiene que ver tampoco con lo abstracto, con la especulación, con el resultado de experiencias subjetivas, en definitiva, con los códigos que habitualmente manejamos y a los que estamos habituados. Y se intuye que el conocimiento, el verdadero conocimiento, es cualitativamente diferente. Suena y resuena de otro modo.
Se percibe como algo auténtico. Como real. Como algo susceptible de ser ejecutivo y operativo.
Pero ¿qué es la Búsqueda espiritual?
Podemos decir que es un término impreciso que trata de definir un estado interior que va desde el desasosiego a la nostalgia, desde la necesidad de plenitud a la angustia por encontrar respuestas, desde un íntimo e inexpresable deseo de paz y justicia a la sensación de estar desubicado. Añádase a esto una inquietud trascendente y una religiosidad íntima difícil de precisar.
Y sin embargo este estado interior que mueve hacia esa búsqueda es compartido por millones de personas en el mundo.
Sus señas comunes de identidad son las de no conformarse con la “uniformidad” de creencias y reglas que proponen las religiones establecidas por un lado, y por el otro, el de no conformarse tampoco con el simplista planteamiento del positivismo científico que proclama que venimos de la materia, somos materia y volvemos a la materia y, además, todo ello como producto del azar.
Algunas personas son capaces de reconocer esta demanda de búsqueda y dedican su vida a ella y en otras, su inquietud queda sepultada bajo la necesidad de atender a las exigencias de la vida.
Pero estos buscadores ¿qué buscan? ¿la verdad?¿ dar respuesta a las clásicas preguntas existenciales? ¿a Dios? ¿o sencillamente nada más ni da menos que la suma de todo?
El nombre con el que la historia conoce esa Fuente mencionada al principio es el de La Tradición o Tradición Original.
Dicha Tradición Original, como expliqué, está en el origen de las religiones, de movimientos y órdenes espirituales. Es la estructura jerárquica y real responsable del desarrollo espiritual de ser humano.
Porque el conocimiento está vigente, es algo vivo, real, actual. No es algo perdido en pasados remotos ni oculto en lugares inaccesibles. Lógicamente este conocimiento también podemos encontrarlo en todas las épocas y, como dije, principalmente en las religiones-tanto en las aún vivas como en las desaparecidas- aunque fragmentado y deteriorado por el paso del tiempo.
Creo que es honesto que ustedes sepan que quién esto escribe lo hace desde dentro, e inmerso-en la medida de mi capacidad-en El Trabajo o La Vía en el seno de la Tradición Original desde hace ya casi dos décadas.
Algunos de ustedes encontrarán en este hecho un sesgo capaz de provocar una visión tendenciosa y falta de objetividad, otros en cambio podrán apreciar el cambio sustantivo que significa que el narrador conozca lo narrado no desde la fría perspectiva de un espectador pasivo sino desde el privilegio de la experiencia.
Sin embargo trataré de ceñirme lo máximo posible a una mirada lo más periodística posible y para ello empezaré por el principio: por la necesidad.
Entre todas las culturas, religiones y pueblos se ha hablado siempre de un modo impreciso de algo denominado Tradición o Tradición Original.
Muchas veces se la ha concebido como un grupo de Maestros, otras como una cofradía u orden y otras incluso como un pueblo anónimo que mora en algún lugar del planeta. De un modo u otro, lo cierto es que a esta Tradición se la ha concedido siempre una función de Guardián y Depósito del Conocimiento desde tiempos inmemoriales.
Otra de sus características ha sido la de protegerse con la discreción y a menudo el secreto y, cuando la necesidad así lo ha demandado, se muestra al exterior con formas y denominaciones diferentes.
¿Podemos rastrear esta presencia exterior de la Tradición en momentos, lugares y situaciones reconocibles? La respuesta es sí.
Un ejemplo puede ser el de algunas órdenes o cofradías medievales cristianas que realizaron tareas precisas en el curso de la historia y que una vez finalizada su función -con mayor o menor fortuna- dejaron la cáscara cada vez menos activa de sus estructuras en forma de ritos, símbolos, etc.
Lo mismo se puede decir de órdenes sufíes, o grupos monacales cristianos o budistas que custodian aún formas de espiritualidad beneficiosas y que igualmente cumplieron y cumplen una función determinada.
Asimismo también ocurre con personajes de muy diversa procedencia y acción en el mundo que llevaron en ciertos momentos a quienes quisieron escucharlos mensajes, enseñanzas o información útiles, correctos, honestos y necesarios.
Obviamente es en las grandes religiones donde la presencia de la Tradición se hace mucho más evidente. Si podemos contemplarlas lejos de sus posteriores añadidos dogmáticos o doctrinales y valorar adecuadamente la función para la cual dichas religiones fueron dadas al mundo, la perspectiva es muy diferente.
En esta línea es evidente que debemos separar lo que es el fenómeno religioso creado por el ser humano y estructurado en las religiones organizadas- y necesario para tantas personas- con la religiosidad intrínseca del hombre que trasciende las religiones y se ubica en un escalón más alto.
Es cierto que en los últimos tiempos parece que la religiosidad ha desaparecido prácticamente de la sociedad, pero en realidad este fenómeno en un producto cultural, del mismo modo que lo es la pertenencia de un individuo a una determinada religión, pues el hecho de seguir tal o cual fe obedece siempre- salvo escasas excepciones- al lugar y época de nacimiento de una persona.
Sin embargo, y precisamente debido a ese origen, las religiones guardan “tesoros” de gran profundidad y belleza y, poco a poco, procuraré que queden expuestos en este blog.
Hoy la sociedad clama por la pérdida de valores y parece como si los valores se hubieran extraviado: no es así. Continúan estando donde siempre.
Lo que se pierde día a día es su práctica y podemos observar cada vez con más frecuencia que las acciones ejecutadas en coherencia a los valores éticos sencillamente no cotizan en el mercado actual.
Decía Confucio que las mejores personas son aquellas que sacan lo mejor de nosotros y nos hacen mejores y que las peores personas son las que sacan lo peor y nos hacen peores. Sabio Confucio.
Una simple mirada alrededor muestra la obstinación del sistema social en sacar lo peor de las personas básicamente a través del miedo y la hipocresía. Desde el seno de la política a la economía y desde los medios de comunicación hasta el ocio los valores están subvertidos. Dicen que es el sistema natural: el más listo se aprovecha del tonto; el más fuerte- o que tiene el arma más fuerte- abusa del débil; el que tiene poder y/o dinero lo utiliza sobre el que no lo tiene.
Pero volvamos a los valores. Repito que los valores no se han perdido, están ahí para quién desee practicarlos. Por ejemplo, los conceptos llamados paramitas- una traducción aproximada sería la de “perfecciones” o “virtudes”- del budismo.
Pero antes de pasar a ellos, debemos recordar que en el budismo habitan dos conceptos-entre otros- de enorme valor: ahimsa o no-violencia y karuna o compasión. ¿Se imaginan solo por un instante que los que tomaran las decisivas decisiones internacionales empezaran, un poco nada más, a tener presente ahimsa o que las grandes entidades financieras comenzaran a inspirarse en karuna? En todo caso eso no dependería de nosotros y sin embargo si depende nuestra conducta de cada día, porque si poco o poco -o a cada minuto- un ciudadano del mundo se sumara a ahimsa y karuna, en poco tiempo seríamos testigos de un gigantesco cambio en la sociedad. No es fácil, pero la toma de conciencia ya es positiva en sí misma. Y cada acto positivo, sea del orden que sea, siempre suma. Decía Sófocles que “la más bella obra humana es la de ser útil al prójimo”. La ventaja que tenemos es que siempre hay un “prójimo” cerca- padres, hijos, parejas, hermanos, amigos…- para ser útiles, positivos y beneficiosos para ellos y, como decía Confucio hacerlos mejores personas y que ellos nos hagan mejores personas.