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nov

Tradición Original (V) El Maestro II

   Escrito por: Sebastián  en Tradición Original

  Ocurre que la presencia de un Maestro vivo es, por su propia naturaleza, desestabilizante. En primer lugar porque no suelen responder a los estereotipos e imágenes idealizadas que comúnmente se tienen respecto a un Maestro; en segundo lugar porque su presencia, siempre difícil, te remite siempre a ti mismo de un modo descarnado, y en tercero lugar porque te ubica ante la cuestión de diferenciar su naturaleza humana, con toda su carga de contradicciones, de la de su función de Maestro y guía, cuestión esta ante la que el aspirante a discípulo ha de poner en juego, como mínimo, tanto su sinceridad como su libertad, puesto que la exigencia final es la impecabilidad y solo en el intento de ese logro, la relación con la  figura del Maestro puede empezar a ser correcta.
 Ello se debe a que un Maestro vivo lo comporta todo y justo ese “todo” es lo que cuesta asumir.
Y por último, un verdadero Maestro te hará ver que en realidad no sabes nada y esto, para muchas personas, es especialmente duro. Hay que considerar que los buscadores suelen pasar una buena parte de sus vidas precisamente acaparando tanto buen número de experiencias en distintas prácticas como de conocimientos filosóficos, psicológicos, esotéricos, etcétera, por lo que según su nivel de autocomplaciencia o de importancia personal, antes o después  sacan la conclusión de que ya saben cosas y de que ya han llegado a algún sitio.
Repito, no es fácil darse cuenta de que no sabes nada y de que ni siquiera te has movido de donde estabas. Por este motivo es curioso ver como muchas personas se acercan a un Maestro pero únicamente para que este les confirme lo mucho que saben y de que efectivamente les verifique que están “avanzadas” y de este modo poder seguir con la búsqueda, evitando así el potente impacto y el compromiso del encuentro. Este tipo de persona es la que cuando escucha a un Maestro se congratula de saber ya exactamente lo que dice el Maestro y de ya estar haciendo exactamente lo que hace el Maestro. Desde luego siempre será más confortable continuar siendo un pequeño instructor de cualquier disciplina o seguir instalado en un cómodo estatus de buscador experto.  
 Y por esta razón siempre ha sido mucho más sencillo buscar que encontrar.
 ¿Y como se reconoce un Maestro?
La respuesta es que tú no lo reconoces, él te reconoce a ti. 
Tú no lo eliges como Maestro, él te elige a ti.
Y además no puedes hacerlo, pues en la medida en que tú más intentes reconocerlo según las pautas mentales que cada uno tenga de su “retrato ideal de maestro”, él más evitará que lo hagas salvo que explícitamente te lo permita.
Todo sería más fácil si lucieran túnicas blancas o si con perenne sonrisa bondadosa dijeran siempre lo que cada uno quiere oír o dieran bienintencionados, cálidos y hermosos mensajes de fraternidad universal. O si hicieran milagros y prodigios extraordinarios. O nos prometieran que nosotros podremos hacerlos.
O si se comportaran como suponemos, y esperamos, que deben comportarse los Maestros.
 Sin embargo no se comportan como esperamos y además no se prodigan en darle palmaditas en la espalda al ego de los discípulos. Incluso muchos esconden su condición de tales o se muestran, de modo voluntario, con conductas muy alejadas de las que se supone a un Maestro.
 Sin embargo es inútil y estéril juzgarlos o intentar comprender su conducta. Cuando lo hacemos es siempre desde el ego, lo cultural, la mente no iluminada. Obviamente no se puede: ellos se mueven desde lo Real.
¿Y qué hace un Maestro? Pues dicho de un modo simple, guiarte en la Vía. Y puede hacerlo porque él lo ha hecho ya antes y la ha recorrido.
 Pero la noticia es que su guía es sencillamente imprescindible. Al principio no lo sabes pero más tarde lo descubres. Es como un náufrago perdido de noche en medio del mar: no sabe adónde ir ni cómo. Lo normal es que nade sin rumbo y se agote, luego se desespere y al final muera ahogado. Sin embargo si apareciese alguien con una barca, una lámpara y que además supiera llegar hasta la orilla, el náufrago lloraría de agradecimiento y bendeciría su presencia. Ese es el Maestro, tiene la barca de la enseñanza, posee la luz de la iluminación y además sabe bien adónde ir pues él ya ha estado.
 Ignoro si volverá alguna vez el tiempo en el que “encontrar” a un Maestro verdadero era para muchos una tarea de vida a la que se dedicaba tiempo y esfuerzo.

This entry was posted on Jueves, noviembre 19th, 2009 at 11:59 pm and is filed under Tradición Original. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

6 comments so far

Sofí
 1 

QUIEN BUSCA
ENCUENTRA

diciembre 21st, 2009 at 10:29 am
Rosa
 2 

Qué grata sorpresa encontrar este blog. Miles de gracias.

enero 18th, 2010 at 5:10 am
sebastian
 3 

Gracias a ti por leerlo.

marzo 11th, 2010 at 12:20 pm
Josep Mª
 4 

Hola.
Para tener acceso al CONOCIMIENTO REAL, conocer mi autentico YO Soy, encontrar el CAMINO de vuelta a CASA y conocer mi papel en esta OBRA.
¿Qué debo hacer?

mayo 13th, 2010 at 9:23 pm
carmen
 5 

En

hora

buena, amigo!

junio 5th, 2010 at 5:04 am
Leticia
 6 

No sé si en realidad ando buscando, lo único que sé es que cuando me siento perdida, un poco a la deriva, leer tu libro me hace bien, puede ser que si me preguntaras lo que leí no supiera explicártelo, solo sé que me hace BIEN y con eso me basta.

agosto 21st, 2010 at 5:48 am

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