Zen y mente (I)

No es fácil hablar de zen pero, de un modo formal y sucinto, baste decir que es una forma de budismo que llegó en el siglo V desde India a China-donde se llamó chan y de este vocablo deriva zen– llevado por el mítico maestro Bodhidharma y luego viaja a Japón a finales del siglo XII  aunque el budismo ya era conocido en la isla nipona desde el siglo VI.
Cuando el budismo se difundió por China se impregnó de la visión del mundo del taoísmo y, de esa unión, nació el chan, una forma de budismo muy singular y sutil pero de enorme profundidad.
Cuando el chan llega a Japón igualmente se impregna de la visión del mundo de ese lugar y época, de su ética y estética, especialmente de la concepción de la vida que tenían los samuráis. El resultado es el zen que conocemos hoy que tanto ha influido en el alma japonesa. Por último podemos concluir diciendo que existen dos escuelas principales rinzai y soto. En cuanto a occidente, hay que destacar a los dos maestros principales que lo difundieron. Shunryu Suzuki en Estados Unidos y Taisen Deshimaru en Europa.
Pero esto no es siquiera la periferia del zen porque en el zen hay carne, huesos y médula tal como afirma su enseñanza.
La base de su práctica es la meditación, el za zen, una base que comparte todo el budismo y anteriormente el hinduismo: la meditación  vipassana.
La pretensión primera de la meditación es dejar al practicante con la menor cantidad de estímulos sensoriales en una posición que, por un lado, no propicie el sopor, y por otro, que permita “la estabilidad”. Para ello el practicante se sienta en el suelo con las piernas cruzadas encima de un zafu, un cojín redondo de unos 20cm. de alto que eleva las caderas y facilita la posición de piernas cruzadas y que la columna vertebral permanezca derecha. De este modo, inmóvil, sin casi estímulos de sonidos, visuales, táctiles o cinéticos, aparece un escenario en el que la mente, sin la excitación común producida por los sentidos, se muestra en disposición de ser observada. Efectivamente, al poco, la mente se desplaza de un pensamiento a otro; lo mismo presta atención a una incomodidad de la postura, se instala en un recuerdo o planifica tareas pendientes. Pero sigue con su actividad. Y el meditador, en las primeras fases, puede observar ese ir y venir de pensamientos fugaces y plantearse de un modo natural las primeras preguntas: si observo mis propios pensamientos, ¿es la mente la que se observa a sí misma?; ¿hay dos mentes?; ¿son los pensamientos productos de la mente o no lo son?; ¿existe “algo” independiente de la mente que es capaz de observar la mente?

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