Virtudes (I)

Vivimos en un mundo en el que de modo cada vez más elocuente se clama por la pérdida de valores y por el olvido de la práctica de la virtud. Toda vez que este concepto parece haber quedado obsoleto y vinculado a dogmas religiosos anquilosados, he considerado conveniente recordar algunas de las virtudes, entendidas tanto como actitudes que proveen beneficios para uno mismo y los demás como prácticas y reflexiones valiosas que procuran un crecimiento interior.

ABANDONO
Virtud por la cual se alcanza la comprensión de que en realidad no hay ningún lugar a donde ir, ninguna pelea que ganar, ninguna meta que alcanzar, ni ninguna tarea que cumplir, salvo las que uno, desde la más absoluta libertad, se imponga como deber y servicio. Su aprendizaje requiere asumir la perplejidad que implica empezar a percibir la vida desde la sencillez y la ligereza y la observación de diferenciar qué pertenece al hacer, qué pertenece al estar y qué pertenece al Ser.

ACCIÓN
La acción se refiere al hecho de no dejarse atrapar por el miedo a estar subordinado a los resultados y efectos de la misma. Se refiere asimismo a ser capaz de vivir la vida desde la perspectiva del protagonista que participa en el desarrollo de los acontecimientos pero se desvincula de los resultados, ya que toda acción libre de objetivos, con ausencia tanto del deseo como de la aversión y que nace de una intención correcta es, en esencia, impecable. Cuanto más ligera sea la acción en la forma, más profunda será en el fondo.

ALEGRÍA
Esta virtud se refiere a la capacidad de percibir la existencia desde la perspectiva del privilegio que significa disponer de la vida y la celebración que conlleva asociada. Está vinculada a la percepción de la belleza y la conmoción gozosa que produce. Esta virtud posee una de las más fuertes capacidades de transformación, tanto propia como del entorno, y es uno de los vehículos indispensables de la inocencia. Es asimismo una herramienta utilísima frente a la importancia personal. Una de sus referencias es el sentido del humor.

CONSCIENCIA
Se refiere a la capacidad de “darse cuenta”. A la capacidad de percibir el mundo y percibirse a sí mismo con la mayor transparencia y la menor distorsión provocada por creencias, prejuicios, juicios, opiniones, estados mentales y emocionales, deseos, aversiones, proyecciones y expectativas. Su conquista se inicia a través de la desidentificación y el desapego. Su práctica se basa en mantenerla anclada en la presencia del aquí y el ahora.

CORAJE
Virtud a través de la cual una persona aprende a reencontrar la fuente de energía inagotable que nos hace posible iniciar o reiniciar una tarea, o levantarnos después de un revés de la vida, desde el convencimiento de que todo obstáculo es, por su propia naturaleza salvable, y todo dolor transitorio.

DESAPEGO
Esta virtud se refiere al hecho de vivir y comprender de un modo profundo y real que no poseemos nada ni a nadie, y que nada ni nadie nos posee. Un paso más se alcanza cuando al fin se comprende que, en realidad, no hay nada que esté en nuestras manos. Solo a través del ejercicio del desapego se alcanza la percepción de lo que es verdaderamente importante y lo que no lo es. En el tránsito, se desarrolla fácilmente la capacidad de relativizar las cosas y los acontecimientos.

DISCERNIMIENTO
Virtud que permite diferenciar lo esencial de lo accesorio, lo móvil de lo inmóvil, la luz de la sombra, lo válido de lo verdadero, lo que construye de lo que destruye, lo que da fruto de lo que no da fruto, lo que crece de lo que mengua, lo real de lo ilusorio y, en definitiva de alcanzar a distinguir lo que pertenece al Ser de lo que pertenece al ego. Es la antesala de la percepción correcta. Su práctica debe acompañarse necesariamente de la más absoluta sencillez en la percepción del entorno como en la comprensión del mismo.

ESPERANZA
Se refiere a la capacidad de percibir que todo lo creado tiende a un estado de perfección y que, por tanto, a pesar de que en determinados momentos el proceso se manifieste
desde el caos, la confusión o incluso el dolor, el resultado último siempre se dirige hacia la plenitud.

GENEROSIDAD
Nace cuando se empieza a percibir la abundancia como un don y no como una recompensa alcanzada por méritos o esfuerzos, y desde la perspectiva de la alegría y el abandono. Su fuente es la inocencia y desde ella se llega a la comprensión de lo suficiente, lo necesario y lo superfluo, así como también al sentido del orden oculto de los procesos de flujo de lo creado. Su práctica es imprescindible para lograr la indiferencia sobre lo transitorio.

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