Pirámide Roja

Vamos subiendo las empinadas escaleras que nos acercan a la entrada de la llamada Pirámide Roja. Somos seis, un pequeño grupo que hemos disfrutado de un viaje tan hermoso como revelador. Abajo nos espera nuestro excelente guía Ragba. Sale una pareja de la pirámide y no hay nadie más. Descendemos los más de sesenta metros del túnel que mide poco más de un metro de alto y llegamos a la primera cámara. No han dado la luz pero Poli lleva una linterna. Es un privilegio estar solos en esta pirámide muchas veces olvidada en los circuitos turísticos convencionales. Silencio y quietud absolutas. Y el olor a amoniaco. Dicen que es el guano en descomposición de los murciélagos. He estado a menudo en esta pirámide y nunca he visto murciélagos ni tampoco sé de otras personas que los hayan visto. Tampoco se ve guano. Al contrario, hay sensación de limpieza. En ninguna otra pirámide, tumba o mastaba huele a amoniaco, posiblemente a los murciélagos solo les guste esta pirámide. Las crónicas de viajeros dan cuenta de la presencia de murciélagos en las pirámides pero, insisto, en ninguna otra huele así. Pero en Egipto es normal encontrar esa necesidad de explicarlo todo tal y como deben de ser explicadas las cosas. De dar sentido a todo desde nuestra perspectiva de civilizados, desarrollados y cultos habitantes del siglo XXI. Nuestra ciencia, nuestra cultura judeo cristiana, nuestra concepción de la sociedad, nuestra historia…Egipto debe de encajar en estos moldes y si no lo hace a la primera solo se trata de forzarlo todo hasta que entre dentro de nuestra comprensión.

Me gusta acabar los viajes que organizo a Egipto en esta pirámide. Ya hemos visitado trece templos, otras tres pirámides, cuatro tumbas, dos mastabas y el Serapeum entre otras, en un maratón cansado pero excitante y pleno de sensaciones. Yo les pido a los viajeros que no traten de comprender, que en Egipto, en cambio, podemos recordar y reconocer. Se trata de que conecten inteligencia con inteligencia. “Su” inteligencia con nuestra inteligencia. De un modo natural. De hecho, la dificultad para penetrar en Egipto reside precisamente en su sencillez. Y otra cosa, a Egipto solo le interesaba lo eterno.
Pero para ello hace falta una actitud y unas premisas. La actitud es la de la sencillez y la de intentar poner la mente en estado “no sé”. Y las premisas las vamos poniendo en el viaje en el curso que imparto durante el recorrido. Aunque la palabra curso no sea demasiado adecuada.
Partimos de que los egipcios no tenían dioses; partimos de que todo en Egipto está diseñado para ayudar al ser humano a recordar. Partimos de adaptar la mirada: la mirada de Horus. Por eso empezamos en el templo de Osiris en Abydos. Donde nace el tiempo, donde nace el “siete”, donde se pueden empezar a comprender ciertas cosas… Decían los antiguos que de Egipto venía toda luz, toda iniciación.

Es verdad, creo que todos los viajeros que he tenido la fortuna de que me acompañaran en estos viajes, pueden verificarlo. En Abu Simbel todo el grupo pudo comprobar que en el templo de la reina, en realidad, habita la inteligencia del principio femenino; en el otro se halla la inteligencia del principio masculino. Y se comprende que la llave de la inteligencia está en la función y en la función está la llave de la inteligencia. Nunca había viajado con un grupo tan pequeño y ha sido una experiencia estupenda. Doy las gracias al grupo del último viaje: Miriam, Lola, Maite, Poli y Javi. Y, como no, gracias a María Rosa, Ana y Conchi de Viajes Aladino. Nadie como ellas conocen y organizan mejor viajes a la tierra de los faraones.
Egipto, en cada viaje, te da algo. Empecé a viajar a Egipto con grupos de modo experimental para mostrar el “otro” Egipto tan alejado de las cadenas de lo académico como de los disparates de la nueva era- gracias a Lara y a la tribu del norte-. Luego continué con otros amigos. Dudaba de que fuera capaz de transmitir a otros los aspectos iniciáticos y profundos de esta cultura; también dudaba de que hubiera otros a los que pudiera interesarles. Ahora sé que sí. La nueva era, insustancial en sí misma por su falta de conocimiento, no ha sido capaz de aportar nada; el esoterismo, enmarañado entre el conocimiento prestado y restos incompletos de una sabiduría casi inoperativa, deja a sus seguidores la cáscara y les hurta el fruto; las religiones, y la belleza de su enseñanza, no han resistido en el tiempo el acoso de los dogmáticos ni de los que prefieren las doctrinas por lo que actualmente solo ofrecen banderas a las que adherirse. Pero hay otras personas con verdadero interés por lo auténtico. Y Egipto nos lo dejó ahí mismo. Si queremos saber de la luz, ¿qué mejor lugar que el templo de la luz?, es decir, el de Horus. Si queremos saber del misterio de la trinidad, ¿qué mejor lugar que en Karnak donde habita? Y así sucesivamente.
Nuestra herencia sigue allí. Cercana a nuestro corazón. Por eso en Egipto el corazón está siempre alegre: porque recuerda y reconoce.

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Un comentario sobre “Pirámide Roja

  1. Gracias, Sebastián. Es bonito compartir experiencias con pequeños grupos fraternales que están en sintonía en torno a un proyecto común (el que sea), ya lo creo. Y las complicidades que van naciendo y afianzándose en torno a todos esos momentos vividos siempre son pequeñas/grandes alegrías que nos tocan el alma, por eso de que nos sentimos como músicos de una orquesta, afinados, sincronizados y disfrutando alegremente de la obra que vamos interpretando naturalmente a cada paso. Al menos, yo lo siento así.

    Por cierto, la pirámide roja ¿tiene alguna inteligencia/función útil para el ser humano?

    Gracias y un abrazo,
    Roberto

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