Tres Cuentos

CUENTOS Y ENSEÑANZA

Cuestión de perspectiva

Muchas veces, a la hora de “leer” una situación y valorarla es interesante ponerse en “el otro lado”, es decir, cambiar la perspectiva.
Este viejo cuento de la India ilustra la situación.

Un hombre caminaba apresuradamente por la noche cuando al doblar una esquina tropezó con otro que llevaba un farol.
Al ir a increparlo, se dio cuenta de que era ciego.
-¿Para qué diablos llevas un farol si no ves nada?- preguntó irritado.
-Para que puedan verme los tontos como tú y no tropiecen conmigo- contestó el ciego.

La apariencia

Vivimos inmersos en una sociedad en la que prima “la apariencia” sobre “lo que es”. Parece más importante “parecer” que “ser”. Se ha preferido primar lo accesorio sobre lo fundamental. Este cuento nos ayuda a pensar en ello.

Un hombre fue invitado a comer a la mansión de unas personas muy ricas y allí se dirigió ataviado con una túnica modesta y usada.
Al llegar se dio cuenta de que los anfitriones le eludían el saludo, los criados evitaban servirle y el resto de invitados le ignoraban.
Volvió a su casa y se puso una túnica nueva y cara. De regreso a la fiesta los dueños de la casa lo saludaron cortésmente y los criados mostraron afectadas señales de respeto.
Llegó el momento de la cena y aquel hombre se quitó la túnica y la arrojó sobre la mesa.
– ¿Por qué haces eso?- preguntaron los anfitriones.
– Ha sido la túnica y no yo la que ha recibido respeto, atenciones y cortesía, así que sea ella la que se quede a comer.
Y aquel hombre abandonó aquella casa a la que no volvió jamás.

Respuesta para todo

En las palabras cabe todo. Manejándolas arteramente se puede explicar lo inexplicable o justificar lo injustificable, además de lograr que parezca la verdad mentira y mentira la verdad. En la sociedad actual se ha alcanzado una auténtica maestría en este campo, como el farsante del cuento.

Un hombre que se hacía pasar por santo fue reclamado para realizar un milagro que, según él, era capaz de hacer. Naturalmente el milagro no se produjo y el farsante decidió marcharse cuanto antes.
Uno de los presentes lo increpó:
– Pues vaya santo que eres, no solo no haces ningún milagro si no que te vas sin dar explicaciones.
– Eso no es así- respondió el aludido- lo que pasa es que los santos no somos ni orgullosos ni obstinados. Si el milagro no sale a la primera, yo lo acepto humildemente y no me obstino en intentarlo de nuevo.
Y aunque parezca increíble, aquel mentiroso conservó intacta su pretendida condición de santo.

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