SÁBADO SANTO

SÁBADO SANTO

En la antigüedad era común que los que querían convertirse al cristianismo se bautizasen el sábado santo después de cumplir la cuarentena de la Cuaresma en oración y purificación. El sábado santo es el día del misterio del silencio, de ese espacio de tiempo que va desde la muerte en el viernes hasta la resurrección el domingo. Pero es en el sábado cuando ocurre, pero permanece aun invisible, ese cambio que representa la resurrección. Un suceso que tiene que ver con el fuego y con la luz.

 Es el sábado cuando se apaga el cirio pascual del año anterior y se enciende el fuego nuevo en un nuevo cirio en el que se graban las letras alfa y omega, es decir, la totalidad de un ciclo que se renueva. Asimismo el Papa bendice ese fuego nuevo renovador y el agua que purificará a los nuevos cristianos que se van a bautizar. Todo está listo para que la renovación ocurra en la naturaleza y la posibilidad de una transformación espiritual opere en el ser humano. Acaba de pasar la primera luna llena de primavera y ya todo lo orgánico vegetativo está preparado, así mismo el “nuevo” sol de primavera también está listo para cumplir su función respecto a la conciencia. Fuego y agua renovados.

Contamos en la anterior entrada que junto al ajusticiado se ponía el titulus, un letrero donde se ponía en tres idiomas el nombre del reo y el motivo de su condena. La iconografía cristiana simplificó este texto bajo la acrónimo I.N.R.I. , es decir, iesus nazarenus rex iudaeorum. Sin embargo, desde esta visión de la renovación del fuego y a través del fuego se leía: ignes natura renovatur integra, es decir, “el fuego renueva toda la naturaleza”.

Asimismo toda la tradición cristiana ortodoxa celebra ese sábado el milagro de la “Luz sagrada” en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. En un acontecimiento documentado desde el siglo VIII, el patriarca de Jerusalén entra a solas en el Santo Sepulcro y, desde la piedra, emerge una luz fría y azul que enciende la vela que lleva el patriarca mientras recita una oración que solo él conoce. Previamente, en la actualidad, es minuciosamente registrado por los guardias israelíes para cerciorarse de que no porta ningún medio para encender la vela. En otras épocas el patriarca entraba solo con un taparrabos por la misma razón y también era igualmente registrado. El milagro ocurre después del mediodía pero sin una hora fija. El fuego aparece inesperadamente mientras el patriarca y los fieles aguardan expectantes. Afuera, esperando a que el patriarca salga con la luz sagrada, se concentran miles de peregrinos llegados de todas partes del mundo y, cuando la luz  del cirio del patriarca aparece entre los gritos de júbilo de los presentes, se procede a encender las velas que los fieles portan. Estos fieles afirman que durante un breve periodo de tiempo el fuego no quema y se puede tocar: es un fuego frío.  A veces, ese fuego sagrado ha salido espontáneamente al exterior desde el sepulcro y encendido las velas de algunos de los peregrinos. Esta es una breve descripción del que sin duda es el gran milagro del cristianismo que requiere una elaborada celebración de dar tres vueltas alrededor del sepulcro  por parte de los patriarcas (copto, armenio, griego), entonar cantos o llevar a cabo el ritual de las 33 velas atadas. En 1238 el papa Gregorio XIII declaró que el milagro no era auténtico, una decisión de carácter político que con seguridad fue provocada por el cisma entre Oriente y Occidente. Después, el “fuego sagrado” es transportado en aviones a todos los países que comparten el cristianismo ortodoxo y es recibido por las autoridades civiles y religiosas ante la presencia de los medios de comunicación. El “fuego sagrado” llega a las iglesias de los distintos países y desde ellas hasta las casas de los fieles que lo mantienen encendido todo el año hasta el siguiente fuego pascual. No hay noticias de que en el mundo exista un milagro que tenga esta continuidad en el tiempo y suceda en el mismo lugar y en la misma fecha.

Hay que recordar que en muchas tradiciones, el alma ha sido definida como un fuego. Y como todo fuego es una reacción que necesita un combustible y la presencia de un comburente. En lo orgánico ese comburente es el oxígeno. Es el combustible el que libera su energía en forma de luz y calor y cambia, en el proceso, su estructura química. Pero este proceso necesita una tercera fuerza: la energía de activación o chispa.

El sábado santo es tiempo de silencio, de espera, de vela, de escucha, de abandono y atención. De intimidad. El fuego de la vida se extinguió. Ahora podemos imaginar un proceso en el que el combustible está listo ( el cuerpo con la carne y la sangre transfiguradas) y, en presencia del comburente, (la Gracia), solo falta esperar a que se encienda la chispa divina. Y un nuevo fuego se encenderá.

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