CERTIDUMBRE Y CONOCIMIENTO

CERTIDUMBRE Y CONOCIMIENTO

Dijo Bertrand Russell: “Lo que los hombres realmente quieren no es el conocimiento sino la certidumbre”. Realmente una frase llena de sabiduría a la altura de su autor filósofo, matemático y Premio Nobel.

El conocimiento, que es siempre dinámico, es desestabilizante pues en realidad no significa más que otra etapa hacia un lugar nuevo que se desconoce.

Ese lugar ha sido llamado “verdad” y, una vez allí, el conocimiento desaparece pues se alcanza a entender que es solo un vehículo de transito. Su origen no está en la certeza, sino en la duda y su alimento está en el interior- en el “recuerdo” y el reconocimiento- y no fuera, en el conocimiento prestado y, mucho menos en la fantasía.

“Recuerdo” que ha de entenderse como la capacidad de “reconocer” aquello que “es”. Y este es el primer paso: empezar a reconocer donde está el conocimiento y donde no lo está.

Valga al respecto este dicho sufí: “un hombre puede estar veinte años sin ver a su padre, pero si un día lo encuentra en el mercado, lo reconoce”.

Pero la mente del ser humano necesita certezas, afirmaciones y respuestas contundentes, cerradas, fijas, sólidas y sin fisuras. Que den seguridad y, si es posible, confort. Que lo abarquen todo, lo de este mundo tanto visible como invisible, lo del más allá y lo de más allá del más allá, todo bien explicado y coherente, aunque se precise forzar esas certezas hasta que sean capaces de dar respuesta a cualquier pregunta y dejen cualquier interrogante bien atado. Y el hecho de que haya muchas certezas diferentes se debe a un error: el de los otros. Naturalmente, nuestras certezas son las que valen.  

Desde luego tener un buen y surtido catálogo de certezas da seguridad, sin embargo el conocimiento se maneja en la incertidumbre y te posiciona siempre al borde del abismo del “no-sé”. Y dicen que solo desde el “no sé” se comienza a “conocer”.

Todos hemos caminado con nuestra mochila de creencias convertidas en certezas; unas más pesadas, otras más ligeras. Pero el conocimiento, si es real, es dinámico; lo que vale hoy, ha quedado obsoleto mañana. Esto es así en cuanto se refiere al conocimiento “vivo”, es decir aquel que es fruto del crecimiento interior y que, por tanto, siendo vivo, también crece pues está en consonancia y vinculado con su fuente de nutrición. Ya entonces ese conocimiento viviente se nutre de lo interior y ya cada vez menos de lo exterior- el conocimiento prestado- y su fuente está en la vida, en el vínculo entre el observador y lo observado. Y cuanto más sutil, sencillo y ligero es ese vínculo, mejor.

Como he dicho, el síntoma de que el conocimiento es viviente, reside en que empieza a “reconocer” donde está el conocimiento real y donde no; es decir, “recuerda”. Además empieza a asumir la incertidumbre, a entender la duda como herramienta de avance. La duda es como un instrumento alquímico, como un crisol en el que se separan las impurezas de lo que no es útil, de lo que es irreal y no vale y en donde solo se recoge aquello que ha superado el proceso.

Otro síntoma es que empieza a aparecer la “sencillez de pensamiento” que se manifiesta de modo cuantitativo y cualitativo. Cuantitativamente diferenciando lo importante de lo que no lo es y eliminando lo sobrante; cualitativamente en lo referido al propio proceso del pensamiento que se vuelve más ligero, sutil, rápido, preciso y sobre todo útil. Por último, la “curiosidad” de la mente, esa curiosidad que actúa por excitación, también pierde fuerza: por ejemplo, empieza a ser irrelevante el saber quién y cómo se construyeron las pirámides; carece de la más mínima importancia a la hora de que nuestra vida sea mejor o peor.

Entiendo que puede parecer una paradoja, pero a mayor conocimiento, menos certezas. Pero a mayor crecimiento espiritual, mayor conocimiento.

La mochila a la que me refería es muy parecida a la del peregrino que se pone en marcha en los Pirineos para recorrer el Camino de Santiago: en  ella lleva de todo. Ya en el tramo navarro ha soltado lastre de cosas que en el inicio se creían imprescindibles; ya en tierras leonesas la mochila está a la mitad y, en Galicia comienza ya a darse cuenta que el Camino te va dando lo que se precisa y poco se depende ya de la mochila que ahora solo porta lo verdaderamente útil y necesario.

Es cierto que es común y natural la conducta mental de muchas personas de ir afianzando certezas a lo largo de la vida, del mismo modo su relación con el mundo se basa en tomar y nutrirse de aquello que precisamente consolida sus certezas y en rechazar aquello que las cuestiona.

Pero no es menos cierto que esta pulsión procura una limitación y, por tanto, impide el factor expansivo que distingue al conocimiento. El conocimiento viviente es adaptativo y se distingue, como Buda afirmó, en que produce resultados. El conocimiento debe ser aplicable. El conocimiento de un esquimal sobre la nieve, le es inútil en el desierto; a un beduino del desierto no le es útil el conocimiento de un pescador de alta mar; a un enfermo no le es útil el conocimiento de un ingeniero industrial.

Imaginemos que pasaría si un nativo australiano diese condición de “Biblia” a un libro sobre plantas exclusivas del Amazonas y pasase su vida estudiándolo e intentar aplicar sus remedios.

Pero tristemente, demasiado a menudo, hay personas “beduinas del desierto” con la certeza de que el conocimiento está entre de marinos de alta mar e intenta formarse en las artes de navegación por medio de libros escritos por otros beduinos que no han visto nunca el mar.

No recuerdo quien dijo que una certeza es como si una persona se encierra en su palacio, que cierra puertas y ventanas y tira después la llave. Está seguro, pero su vida es pobre. Es por eso que las certezas empobrecen la mente, sobre todo las que nunca se han visto cuestionadas.

Es un buen ejercicio manejar bien la duda, gestionar el cuestionamiento y poner las certezas al fuego en el crisol de la duda, es cierto que esto puede alejarnos de la zona de confort y seguridad, pero tal vez sea lo que abra la puerta a otros espacios y entonces se pueda empezar a mirar lo que hay fuera del palacio.

Y, por cierto, ¿qué es el conocimiento?

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