VIOLÍN, MÚSICA Y VIVALDI

VIOLÍN, MÚSICA Y VIVALDI

Me gusta mucho ver los vídeos de violinistas, la mayoría mujeres, interpretando las Cuatro Estaciones de Vivaldi y contemplar cómo, al poco de comenzar, ya ellas se han convertido en música y que el violín es una parte más suya como así lo muestran en sus gestos y en su rostro. Se convierten en instrumentos de producir belleza. Esa belleza tan necesaria que le sirve al ser humano de alimento para su parte más preciosa y que es purificadora.

También me sugiere la metáfora de que frente al sonido de un violín, una persona que ha oído hablar de la belleza de ese sonido, interesada en ello y con curiosidad respecto a cómo se produce, puede pasar una vida estudiando a fondo la mecánica del violín para conocer todo lo relativo a las leyes del sonido, a su diseño, a su madera, a sus cuerdas, a sus clavijas, etc. Sin embargo, solo con ello no llegará a obtener una respuesta correcta al respecto por una razón: no ha tenido en cuenta al violinista.

Muchas veces nos pasa eso a la hora de mirarnos en el espejo interior para intentar comprendernos. Profundizamos hasta la extenuación en el estudio del sonido y su propagación, sabemos todo sobre la mejor madera para un violín, afinamos las cuerdas, lo pulimos, no dejamos que le afecte la humedad o el polvo, lo cuidamos… pero no sonará la música de Vivaldi hasta que aparezca el violinista y comience a tocar. Él sabe leer la partitura y conoce la técnica de la ejecución. No se puede entender que es un violín sin conocer la función del violinista. Él hará que el violín despierte.

Usando la misma metáfora, ocurre a menudo que cuando aparece el violinista, tememos dejarle nuestro violín, nos aferramos a él como un niño a su juguete más preciado y, en vez de permitirle que lo toque, lo metemos temerosos de nuevo en su estuche para seguir estudiándolo hasta el hastío, eso sí, añorando su sonido, ese sonido del que hemos oído hablar.

Lo peor es que otras veces ni siquiera se presta atención a la presencia del violinista cuando asoma absortos como estamos en el estudio del violín. Al final, de ese modo, se olvida que el violín no es un objeto de estudio y que su fin, su función, es la de ser un instrumento musical diseñado para que, por su medio, se interpreten las más hermosas partituras. A partir de ese momento es cuando se escriben libros eruditos y se dan conferencias bien documentadas sobre violines por aquellos que nunca han escuchado como suenan. Un Stradivarius en su estuche no vale de mucho; con un humilde violín un violinista sí puede tocar a Vivaldi. Y los que ya saben cómo suena prefieren ir a un concierto antes que asistir a una conferencia sobre violines.  

Otros, mientras, siguen añorando un sonido que intuyen que existe, que han oído a sus mayores decir que es hermoso, que es casi como un milagro de belleza cuando lo toca un violinista. Pero no terminan de ponerlo en sus manos.

Al final todo consiste en abandonar el violín en sus manos y dejar, dejarse, llevar por la música que empieza a emanar de sus cuerdas bien pulsadas siguiendo la matemática armoniosa de la partitura que ejecuta integrado en un conjunto orquestal formado por diferentes instrumentos con funciones distintas.

Cuando empiezan a sonar las notas es cuando se comprende que violín, violinista y música son ya lo mismo y que el violín necesita del violinista y de la partitura; que la partitura necesita del violín y del violinista y que el violinista necesita del violín y de la partitura. Y detrás, Vivaldi que un día en su cabeza y en su corazón concibió la música de las Cuatro Estaciones.

Para que esta se realizase, se plasmase en algo vivo, necesitó escribirlo en una partitura y precisó de un violinista que la ejecutase y de un violín como instrumento: con esas tres cosas se produce el paso desde la música aún no nacida que solo habita en el corazón de Vivaldi hasta el nuestro al hacerse viviente y bella en nuestros oídos y nuestros corazones.

Esta es la verdadera magia, la más potente, la heka egipcia, y suele estar más cerca y más accesible de lo que pensamos sin nos acercamos a ella desde la sencillez del lenguaje de la vida. Y entre los distintos lenguajes, el de la música está en la cima.

Y sí, tal vez seamos violines, instrumentos que el Gran Compositor utilizará si se lo permitimos. Y sí, también, al final, podremos ser el violinista. Y partitura. Solo hace falta dejarse llevar, como cuando se oye a Vivaldi.

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