SOBRE LA CÁBALA

SOBRE LA CÁBALA

Un buen amigo me ha hecho una consulta sobre la cábala, lo cual me ha dado pie para recordar algunos datos históricos al respecto y poner a este cuerpo de conocimiento místico en el lugar correcto que en mi opinión le corresponde.

Si consultamos cualquier enciclopedia sobre el significado del término hebreo cábala, nos dirá que significa “tradición” o “recepción”. Más allá de las especulaciones fantásticas de muchas escuelas rabínicas del judaísmo más fundamentalista, lo cierto es que la cábala aparece como un cuerpo místico diferenciado dentro de la religión judaica en el siglo XII y en el marco geográfico del sur de Francia y sobre todo en España, Sefarad, concretamente en ciertas comunidades de Guadalajara, Gerona, Segovia y Zaragoza principalmente. No olvidemos que el Zohar se escribe y se publica en España en el siglo XIII y que este texto es el cimiento en el que se asienta la cábala. La historia nos dice que su autor fue Moisés de León, un judío sefardí, filósofo y rabino de la ciudad de Guadalajara. Como en otras ocasiones, determinados sectores del judaísmo actual buscan retrasar la autoría de esta obra hasta un pasado legendario, pero numerosos estudiosos tanto judíos como no judíos dan por hecho que el Zohar se debe a Moisés de León si bien es aceptado que tuvo presente enseñanzas o textos anteriores.

También en el siglo XII brilla con igual luz de sabiduría Maimónides, rabino especialista en la Torá, filósofo, médico y astrónomo, desde su Córdoba natal. En el judaísmo hay un antes y un después de su publicación en 1190 de Guía de perplejos, obra en la que incorpora al judaísmo ideas y conceptos de la filosofía aristotélica. Maimónides también es enormemente respetado tanto en el cristianismo como en el islam, tal es la altura de su sabiduría. Es de ley mencionar a otro gran sabio, Isaac llamado “el ciego”, nacido en 1160 en un pueblecito de la Provenza. A él se le atribuye el Sefer ha Bahir si bien hoy se considera que igualmente pudo basarse en textos más antiguos.

Este Sefer ha Bahir junto al Zohar y el Sefer Yetzirá forman toda la literatura cabalística tradicional. Por otra parte, el análisis más claro, minucioso, y preciso sobre el movimiento místico de la cábala se lo debemos al filólogo e historiador judío Gershom Scholem (1897-1982) considerado la mayor autoridad mundial sobre cábala. Precisamente su tesis doctoral la hizo en torno al Sefer ha Bahir.

Es el Sefer Yetziráo Libro de la formación el primer texto cabalístico cronológicamente hablando. Su datación histórica es polémica, pero el arco de tiempo de su aparición va desde el siglo II a.d.C., hasta el siglo II d.d.C., siendo esta última fecha la más consensuada.

Su carácter es marcadamente esotérico y ofrece una perspectiva filosófica ocultista dentro del judaísmo, algo impensable hasta entonces. De esta obra salen los principios fundamentales de la cábala que hoy conocemos: un árbol de la vida como estructura explicativa del orden cósmico creativo en base a emanaciones, las diez esferas o sefirot, y los 22 senderos que las conectan cada uno de ellos vinculado a una letra del alfabeto. Así mismo, esas letras están divididas en tres principales o madres que representan tres elementos; siete letras dobles asociadas a los siete planetas y doce simples asociadas a los signos zodiacales. Este vínculo con el zodiaco y sus doce signos evidencia la patente influencia griega en el texto. Esto es un ejemplo de cómo esta pequeña obrita muestra con claridad como ideas provenientes de la filosofía griega se instalan en el judaísmo cabalístico que las adopta. Por un lado incorpora la idea del Logos creador y sus emanacionesy es aquí donde se ve con claridad la influencia del famoso filósofo judío helenístico Filón de Alejandría (Alejandría, siglo I a.d.C.) cuyo trabajo se centra en buscar una conciliación y un encaje entre la fe judía y la filosofía griega. Filón es el primero que representa a Dios como un a modo de arquitecto que construye el mundo a través de la palabra; asimismo es el que plantea la lectura de la Torá desde un punto de vista meramente simbólico, una propuesta que choca frontalmente con la perspectiva del judaísmo más dogmático. Esto ocurrirá después también con el Zohar  en donde Moisés de León propone una lectura no literal de la Torá en aras a un significado oculto del texto. Volviendo al Sefer Yetzirá, este menciona los diez sefirot o emanaciones y es evidente la correspondencia y semejanza que tienen con la tetraktys  de los pitagóricos, un esquema donde están presentes el número diez y las cuatro emanaciones que también vemos en el Sefer Yetzirá.  Obviamente, lo singular de este primer texto cabalístico radica en que las letras, y por tanto la lengua, que Dios utiliza para crear el mundo es el hebreo con lo que de modo inmediato y evidente, esta lengua queda privilegiada sobre las demás.

Pero la historia demuestra que si ha habido un pueblo necesitado de afianzar sus raíces nacionalistas ha sido el judío. El proceso de afianzamiento de los nacionalismos es conocido y comienza con afirmarse a partir de desconectar la realidad histórica del pasado y convertir ese pasado en mítico cuando no fantástico. Los judíos, por mor de su religión que ejerció y ejerce de elemento conectivo entre todos los hebreos dispersos por el mundo después de la diáspora, usaron su religión como el elemento diferenciador y exclusivo por lo que fue necesario cargarla de mitos, maravillas y misterios y entre ellos, la afirmación de ser el “pueblo elegido” por Dios y, por ende, todo lo relativo a su religión adquiría un nivel de sacralidad superior a cualquier otra. Esta condición de superioridad y exclusividad también incluyó su lengua.

La formulación era sencilla y fácil de entender. Si la Torá es la revelación, palabra a palabra, de Dios y la ha hecho en hebreo, se deduce que el hebreo es la verdadera y única lengua sagrada. A su vez, la cábala es la ciencia también sagrada  susceptible de guardar y transmitir grandes secretos ocultos en esa lengua sagrada. Obviamente, como tantas veces, todo descansa en validar varias premisas: que Dios le habló a Moisés, que lo hizo en hebreo, que este registró la revelación palabra por palabra en la Torá y que la Torá se transmitió de modo inalterable a través de los siglos. Naturalmente, solo desde la más ferviente fe judaica es posible avalar estas premisas.

Para comprender mejor este proceso bien estudiado por la historia, debemos empezar por referirnos al famoso concilio de rabinos de Yammia que celebraron después de la destrucción del segundo Templo de Jerusalén en el año setenta. Allí fijaron el canon de la Tenaj o Biblia hebrea. A esta ciudad es a donde se trasladó el sanedrín y es allí donde comenzó el llamado judaísmo rabínico y se redactó la Mishná. A partir de entonces, la construcción del judaísmo es bien conocida con sus sucesivas etapas históricas y doctrinales que van mudando con el tiempo hasta llegar a la preponderancia cultural de la  comunidad judía asquenazi y la aparición de un fundamentalismo religioso fuertemente dogmático, entre cuyas creencias sobresale la convicción de la revelación divina en la sagrada lengua hebrea palabra por palabra y letra a letra que quedó plasmada de modo inalterable en la Torá.

Hoy, cualquier texto cabalístico moderno se basa en esa sacralidad del alfabeto hebreo y sus 22 letras entre las cuales hay vocales como la famosa alef. Sin embargo, los lingüistas nos dicen que la lengua hebrea, como el resto de las otras lenguas semitas, no tenía vocales. La lengua hebrea proviene de la lengua fenicia, que se extiende desde el año 1200 a.d.C. hasta el 250 de nuestra era aproximadamente, y de su alfabeto de 22 letras que tampoco tenía vocales. Estas lenguas tienen el nombre común de abyad  por tener la característica de ser consonánticas. Para leer estas lenguas, también el arameo o el siríaco son abyad, era el lector el que tenía que “poner” las vocales a partir del significado de la oración o del contexto. Posteriormente, para favorecer la lectura, se añadieron los símbolos diacríticos para indicar la pronunciación y diferenciar palabras homónimas. El alfabeto hebreo data del siglo III a.d.C. y toma las vocales del alfabeto griego que data del siglo IX a.d.C. cuya fuente también es el alfabeto fenicio. Es por ello que el alfabeto hebreo y el alfabeto griego se parecen tanto. A esto hay que añadir las distintas evoluciones del hebreo que hoy distingue las etapas del hebreo bíblico, el hebreo de la Mishná, el hebreo medieval y el hebreo moderno; por otro lado el hebreo dejó de ser utilizado, salvo para la liturgia, en el siglo IV y ya en Palestina, en la época de Jesús había sido sustituido por el arameo. A partir de la diáspora, la lengua de la comunidad judía se dividió entre los que hablaban el yidísh, los asquenazis asentados en centro Europa principalmente, y los que hablaban el ladino o judeoespañol, los sefardís asentados en la península ibérica. Obviamente todas estas vicisitudes de una lengua de 3 000 años de antigüedad, cuestiona la creencia de que Dios dictó a Moisés, letra a letra, la Torá.  

Por otro lado hay que referirse a la “cábala moderna esotérica”, es decir, aquella que deriva de las escuelas ocultistas del siglo XIX y XX en donde personas que ni son judías ni saben hebreo escriben libros de cábala. Valgan los ejemplos de Eliphas Levi (era el seudónimo del francés Alphonse Louis Constant) que vincula las 22 cartas del tarot con las 22 letras del alfabeto hebreo; de Dion Fortune (seudónimo de la británica Violet Mary Faith) autora de La Cábala mística o de Israel Regardie (seudónimo del británico Francis Israel Regudy) que escribió El árbol de la vida. No es este pequeño resumen el lugar para analizar estos y otros trabajos de los autodenominados cabalistas, pero como tantas veces, basta comparar sus trabajos con el texto de sabiduría del Zohar. Valga como ejemplo de ignorancia que de estas escuelas ocultistas nace la moderna “numerología” que otorga a las letras valores numéricos, lo cual es una simpleza y una errónea comprensión de la valoración y relación matemática que los pitagóricos concedían a los sonidos. Obviamente relacionar la letra alef con el número 1 solo pudo ocurrir después de que esa letra fuera tomada de la alfa griega. Otra incoherencia de esta llamada “numerología” lo vemos si al usar la lengua española se le da el valor 3 a la letra C y, en cambio, si usamos el alfabeto griego habría que dar el valor 3 a la letra gamma. Es decir, que supuestamente hay una numerología distinta según a qué alfabeto se refiera.

Si apelamos a otras tradiciones es evidente que el hebreo no es una lengua más sagrada que el sánscrito, el griego, el arameo, el japonés, el tibetano o el árabe por poner otros ejemplos de lenguas también consideradas sacras. Lo mismo ocurre con lenguas hoy perdidas como la lengua egipcia faraónica. Respecto al árabe, recordemos que la revelación del Corán al Profeta fue en árabe y, por tanto, para los musulmanes esta lengua es sagrada. Valga también lo mismo para el antiguo sánscrito, la lengua de los sagrados Vedas o el griego, ya que en este idioma se celebraban los famosos Misterios de Eleusis. Valgan también los sonidos sagrados japoneses de los kototama. También el arameo es sagrado para muchos pues en esta lengua Jesús de Nazaret impartió su enseñanza y reveló el Padre Nuestro. Para los monjes tibetanos su lengua es sagrada y para muchos budistas lo es la lengua pali en la que Buda impartió su enseñanza. La lista se alargaría  con otros ejemplos como la lengua de los aymarás andinos o la lengua amhárica de los etíopes. Recordemos también que para los nazis su lengua alemana era sagrada y algunos franceses también declararon que la suya lo era cuando la Virgen se apareció en Lourdes a una jovencita y la habló en francés al igual que lo hizo el arcángel Miguel con Juana de Arco.

Puede servirnos de ejemplo lo que podríamos llamar “cábala sánscrita” pues para el estudio de los Vedas, se utilizan una serie de ciencias auxiliares cuyo fin es la extracción del significado profundo de los textos. Las más importantes son:

La fonética (siksa) que se refiere a la correcta pronunciación y al valor místico de la lengua sánscrita y su escritura. La gramática (vyakarana) referida a las correctas escritura y uso de la lengua. La recitación (chandas) que versa sobre la necesidad de recitar los textos rítmicamente adaptándolos a los distintos ritmos cósmicos y vitales. La etimología (nirukta) o estudio del origen de las palabras también desde la perspectiva simbólica y sagrada.

Como se ve, este sistema es muy similar al utilizado por la cábala, salvo que el estudio de los Vedas es mucho más antiguo que el de la Torá. A día de hoy la lengua sánscrita se considera sagrada en el hinduismo y está aceptado que los mantras son palabras sagradas cuya pronunciación supone beneficios espirituales o psicológicos. Algunos tienen un significado, otros en cambio son solo sonidos. Mantra significa “herramienta para la mente” y se usaban dentro de un contexto litúrgico por medio de entonaciones rítmicas y repetitivas. El popular om, o más correctamente aum, es el sonido “semilla” del que nacen el resto de sonidos; es por este motivo que tradicionalmente om siempre se pronunciaba junto a otra palabra que dinamiza dicha semilla.

No conviene olvidar tampoco que para los musulmanes El Corán es la palabra de Dios revelada en lengua árabe  y una lectura de la famosa obra Los Sufis de Idries Shah muestra la existencia de una “cábala” de la lengua árabe enormemente potente y profunda. En esta misma línea, la obra de Ibn Arabi Los secretos de los Nombres de Dios pone en evidencia la fuerza mística de esta lengua.

Visto todo ello, mi opinión es que cualquier lengua es susceptible de ser sagrada pues está compuesta de sonidos y, efectivamente, son los sonidos emanados del Verbo o Logos los que pueden considerarse sagrados bajo ciertas condiciones. Por tanto toda lengua tiene su “cábala” y ninguna es mejor para una persona que aquella con cuyos sonidos se empezó a formar su estructura cerebral; o sea, la “lengua materna”, es decir, a partir del vínculo receptivo de sonido-significado en términos mentales y a partir de la experiencia emisora de hálito-sonido-estructura verbalizada en palabras y significado. En cuanto a la matemática y poder del sonido no hay mayor ni mejor ejemplo que la música y sus leyes armónicas. Ahí hay una “cábala viva” pues una creación musical bien construida contiene matemática, combinaciones armónicas, belleza y capacidad modificadora. Es por este motivo que toda religión posee su propio patrimonio musical; un patrimonio musical, a menudo solo vocal, que además tiene la enorme virtud de sortear el intelecto y penetrar- si se le permite-en lo más profundo del ser humano y allí actuar benéficamente. Y para que eso ocurra es indiferente e irrelevante que existan 22, 24 o 27 letras en un alfabeto, que hayan más o menos emanaciones o planos existenciales o que ciertos textos puedan contener mensajes ocultos o no.  

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