ORACIÓN

ORACIÓN

Ya anteriormente en el cristianismo y posteriormente en el islam, la plegaria u oración, fue el pilar y eje de la práctica espiritual no solo de monjes o ermitaños, sino de toda persona inmersa en la actividad del mundo.

Si la meditación significa la aspiración del encuentro con la propia mente, con sus contenidos y funcionamiento, la oración significa la aspiración del encuentro con Dios. El acercamiento a Dios que significa la práctica de la oración, lleva implícita y contiene el encuentro con uno mismo en su totalidad, incluido con la propia mente.

En la oración se abre una puerta ya que en su práctica, está presente la intención, la palabra y su significado y el aliento, todo ello susceptible de que se acompañe de la presencia. Esta presencia poco a poco se va alcanzando con la disciplina, la repetición, y conduce, paso a paso, a un estado de no-mente. Además se activa la identificación entre el que nombra y lo nombrado. La oración es un diálogo, del griego que significa literalmente dia (a través) logos (palabra); conversación que puede ser verbalizada o silente. En ambos casos el diálogo que representa la oración procura ocupar el espacio del parloteo mental, es decir, de la actividad inercial de la mente que se mantiene en continua actividad por la energía con que se dota a las propias ideaciones y creencias.

Al igual de lo que anteriormente escribí sobre la “meditación en acción”, es igualmente recomendable la “oración en la acción”. El fiel que ejecuta su plegaria en la intimidad durante un tiempo de su jornada, poco a poco, llevará esa oración a cada instante, a cada acto, a cada respiración o latido del corazón. Los sufís vinculan la plegaria como invocación y como dhikr, recuerdo de Dios. Así, poco a poco, se va implementando el recuerdo de Dios en las pequeñas cosas cotidianas y esa sutil presencia va mostrando en el corazón una realidad distinta a la que lleva la memoria del mundo. La gran revolución del verdadero trabajo espiritual es el de la sustitución de la memoria por el recuerdo.

Son varios los efectos de la práctica de la oración además de lo mencionado. Uno de ellos es la aparición de la gratitud en el corazón que comienza a mirar la vida, lo viviente, como un don de gigantesco valor. Del mismo modo aparece la capacidad de entender y apreciar el verdadero valor de las cosas; de este modo se produce el hecho de que aquello que en su día se consideraba como fundamental ahora se torna irrelevante y que lo que entonces pasaba desapercibido, ahora se vuelve hermoso y de enorme valor. Es como si el color de una flor o el canto del pájaro alcanzaran un lugar muy elevado que antes ocupaban discursos filosóficos o atractivas teorías. Todo ello se debe a que el corazón, siempre inocente, busca los entornos y contextos en donde esa inocencia se puede expandir; básicamente son los de la sencillez, la paz y la belleza junto a una alegría relajada.

Por último, en la oración aparece también el “solicitamiento”, el pedir a Dios, pero siempre dentro del marco de su voluntad, de pedir el propio mejoramiento y solicitar el bien común.

Dice Ibn Ata Allah de Alejandría, en mi opinión uno de los más grandes Maestros de todas las épocas: “No abandones la invocación porque no te sientas en presencia de Dios. Es más grave la ausencia completa de la invocación que la invocación sin la participación del corazón. Quizá Dios te eleve desde esa invocación imperfecta a una invocación con concentración, y de ahí a una invocación con presencia en el corazón para llevarte, finalmente, a una invocación en la que desaparezca todo lo que no sea el Invocado”.

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