LA VÍA INICIÁTICA

VÍA INICIÁTICA

Para abordar este concepto debemos empezar con las dos palabras que lo componen. Iniciática se refiere a algo que comienza, que se inicia, alude a un principio, y vía es un camino, es decir: un camino que comienza.

Pero, ¿camino a dónde? , la respuesta es la de un camino que te acerca a Dios, un camino que conduce al encuentro de la criatura con Dios.

Muchas religiones se han referido a un exilio, a una separación, a un olvido del ser humano respecto a Dios; hay que recordar que la palabra religión viene del latín religio, reunir, que la palabra yoga significa unión, o que el dirk de los sufíes lleva al recuerdo de ese olvido.

La vía no es un camino simbólico, abstracto ni intelectual, es un camino vivo y experimental. No tiene que ver tampoco ni con el mundo de las ideas o el de las creencias. De hecho, para recorrer la vía, son indiferentes unas u otras ideas o creencias; solo vale aquello sobre y con lo que se trabaja: el corazón.

Sin embargo la primera característica es que no es camino “hacia afuera”, es un camino hacia adentro. Lo de fuera es el espejo, es el reflejo; es en el interior, es hacia el corazón, entendido como corazón espiritual, hacia donde hay que ir. Es ahí donde Dios está y, sobre todo, es.

Las sucesivas etapas, a veces mostradas alegóricamente como pruebas, son las sucesivas capas y mundos internos que hay que recorrer. Es por ello, dado que el ser humano está constituido y construido con los mismos materiales y a partir de las mismas leyes, que es un viaje reconocible y en ese recorrido están presentes las mismas etapas solo modificadas por las singulares características personales de quien las recorre y de este modo es así como queda individualizada. Al ser un camino y al comenzar a recorrerlo, de modo natural se ponen en acción contextos y entornos diferentes que, a su vez, también se van modificando a lo largo del viaje procurando la mejor adaptabilidad a las sucesivas etapas.

En el recorrido, en la vía hay cosas que hay que dejar en el camino pues no le sirven ni al caminante ni a Dios; al contrario, pesan y sobran y nadie puede acercarse a Dios con ellas. Valgan entre otros los ejemplos de un ego denso atrapado en la red del mundo; creencias que funcionan como cadenas o venenos; mal uso de la palabra; lastres como la soberbia o envidia, etc. Por su parte, hay otras que hay que adquirir o desarrollar, son las cosas que a Dios le “gustan”: lo igual reconoce lo igual. Estas adquisiciones se convierten a su vez en herramientas útiles para avanzar en la vía. Valgan entre otros los ejemplos de la adquisición de la generosidad, de la adaptabilidad, de la constancia, de la flexibilidad de mente, de adoptar una mirada inocente y sencilla, de la tolerancia, de la sinceridad, de estar en paz consigo y con el mundo, etc.

El fruto de la vía es el crecimiento en Dios. Es ese crecimiento el que procura el acercamiento, la posibilidad de unión en el Uno. A su vez, ese crecimiento produce frutos que en sucesivos y diferentes estados avanzados se muestran, por ejemplo, como adquisición del estado de paz, del estado de la mente en “no sé” y por tanto susceptible de poder acceder al conocimiento, del un corazón instalado en el no-juicio…

Para ese camino, la vía, se necesita un guía, un guía que haya alcanzado la condición de la maestría, un Maestro, o bien integrarse en una Vía Maestra que “enganche” a quien pone el pie en ella con la llamada “cadena iniciática” y que le permita usufructuar de aquello que procura pertenecer a dicha cadena, especialmente de la gracia nutricia y de la buena guía. Al ser una vía viva solo quien la ha recorrido la conoce. Toda referencia externa con pretendidos accesos especulativos o meramente intelectuales, no solo no es útil, sino que representa uno de esos estorbos que hay que abandonar.

Todo ser humano “dispone de un corazón” y, por tanto, tiene por nacimiento acceso a recorrer el camino de retorno a Dios, sin embargo, en términos más cotidianos, se comienza por reconocer en uno mismo la propia necesidad de Dios y, a través de ella, se empieza a distinguir aquello que pertenece a la Vía de lo que pertenece a la ideación o a las teorías; nuevamente, solo lo igual reconoce lo igual.

La Vía ha estado y está viva y operativa y recorrerla sigue siendo tan tremendamente sencillo como verdaderamente difícil: tan sencillo para el corazón, tan difícil para aquella parte nuestra atrapada por el mundo.

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