EL ESTADO DE «NO JUICIO»

EL ESTADO DE NO-JUICIO

A poco que una persona se conozca mínimamente, es probable que se haya dado cuenta de sus limitaciones en lo que se refiere a su capacidad de descifrar el mundo y la vida. La limitación de la sensorialidad que abastece de contenidos a la mente y la servidumbre del intelecto a estos contenidos junto a las urgentes necesidades que la vida en el mundo requiere, tanto en términos de atención como de energía, dan sentido a la afirmación de que el ser humano, en sus condiciones normales, no es capaz de alcanzar la Realidad de la que percibe solo un fragmento, un fragmento que, además, se refleja como en un espejo. A esa Realidad que el ser humano no alcanza, se la llamó en el pasado el misterio, es decir, aquello que le está vetado y sobre lo que el intelecto no tiene la llave de acceso.

Bien sabemos que la propia naturaleza del misterio es desestabilizante y, por ello, la mente- intelecto siempre busca respuestas y explicaciones para lo que no alcanza a entender; a veces “fabricándolas”, a veces tomando prestadas las fabricadas por otros. El objetivo es que nada quede sin explicación satisfactoria independientemente de qué tipo de mente y de creencias tenga cada cual. Sin embargo, la tradición espiritual tiene muy presente el misterio y uno de los misterios mayores es el de la justicia divina.

Sabemos por los sabios antiguos que la justicia divina actúa a través del principio del equilibrio llamado “punto cero” en donde se produce el orden que se expresa en quietud y estabilidad. En tanto se produce el desequilibrio, bien por exceso o por defecto y debido al movimiento que, a su vez, genera la fricción, la inteligencia que los egipcios llamaron Maat busca siempre volver a ese punto de equilibrio a través de la “corrección”.

A esa fuerza de corrección la llamaron Mafdet y actúa, expresándolo de modo sencillo”, “poniendo y quitando” en ambos platillos de la balanza hasta que vuelve al “punto cero”. Es la percepción humana la que asocia a veces esa corrección con la punición y es algo natural pues la corrección actúa tanto en el efecto como en la causa. Si un juez considera probado que un vecino ha robado la vaca a otro, sentenciará que le devuelva la vaca (corrección sobre el efecto) y que reciba 30 golpes de vara (punición sobre la causa). Dicha punición debería tener el objetivo de que la causa (el ladrón) reflexionase sobre su acto para que este no se repitiera. Todo esto ya estaba narrado y aplicado en el Antiguo Egipto. Bien sabemos también que en términos humanos muchas veces la corrección no es posible- un asesino no puede devolver la vida a quien ha matado- o que la punición es inservible pues no genera ni reflexión ni rectificación, solo dolor a quien la recibe. Además, sabemos que muchas veces hay delitos que quedan impunes o que no salen nunca a la luz.

Desde esta perspectiva que es la que contempla el ser humano, es evidente que la justicia divina no parece mostrarse. Por ello es necesario volver al principio y recordar que solo percibimos un fragmento de la realidad, que nuestra percepción es limitada y que nuestra lectura de ese fragmento está condicionada por muchos factores; es decir, que nuestro juicio tal vez sea capaz en ciertas ocasiones de valorar adecuadamente una relación causa-efecto, pero no puede acceder a la causa de la causa y a los efectos del efecto. Por eso, en la vía, además del proceso de llevar a la mente al estado “no-sé”, indispensable para que aparezca el conocimiento de lo real, comienza a ser imprescindible también llevar a la mente al estado de “no-juicio”. Ambos estados están relacionados y del “no sé” se deriva el “no juicio”. Sin saber la causa de la causa, sin conocer las dinámicas invisibles detrás de cómo acontecen los hechos y sin conocer los efectos no perceptibles que hay detrás del efecto perceptible, es evidente por tanto que cualquier juicio se ha de tornar provisional  y se ha de entender dicho juicio como una forma de consuelo calmante para la necesidad de la mente de conocer, interpretar y dar su respuesta ante lo que percibe como injusticia.

Es cierto que la dinámica de la vida en el mundo te pide tanto “saber” como “enjuiciar”. Esos saberes del mundo se manifiestan en la utilidad respecto a la vida, desde saber conducir o cocinar hasta el saber de un médico o un arquitecto: son saberes valiosos para la vida. Respecto al juicio ocurre lo mismo; nuestra mente está diseñada para valorar, comparar y elegir. Pero más allá de todo esto ligado a nuestra pertenecía al mundo, es cuando aparece el misterio y es ahí donde ni nuestro saber ni nuestro juicio valen pues lo que hay más allá de la puerta del misterio es un universo mucho más vasto, profundo y múltiple.

Enjuiciar se ejecuta como algo común en nuestra vida cotidiana, pero a veces  comienza a aparecer la presencia del misterio y nos recuerda aquella sentencia de “no juzgues y no serás juzgado”: desconocemos las causas de la causa ni los efectos del efecto.

De volver al equilibrio ya se encarga Maat, la justicia divina, según el principio de “solo Dios sabe” , a veces de modo que podemos percibirlo, la mayoría de las veces de modo imperceptible. Desde este principio la conclusión es inmediata: si solo Él es el que sabe, se deduce que yo no sé, estado de “no-sé”;  y a partir de ese estado se accede al de “no juicio”. En el abandono y gusto en ambos, en “no-sé” y en “no-juicio”, se comienza a percibir y gustar del estado de Paz.

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