LA NATIVIDAD

LA NATIVIDAD I

La idea de poner el “Belén” se debe a san Francisco de Asís. En 1223, después de leer el evangelio de Lucas, pensó en recrear la escena del nacimiento del niño Jesús en una gruta de Greccio cerca de Rieti. Fue santa Clara, compañera de san Francisco, y ya muerto este, la que empezó la costumbre de poner un belén en los conventos franciscanos, y cada novicia de las clarisas, a su ingreso, debía aportar una figurita para el belén.

A finales del siglo XV ya aparecen en Nápoles figuritas de barro de belén y se propaga la costumbre a España a través de Carlos III (estamos a principios del XVIII) que era de Nápoles. Después se extiende al resto de la Europa católica y más tarde llega a América difundiendo esta costumbre principalmente los franciscanos. En breve tiempo, se populariza en los países católicos.

Es curioso observar que los elementos iconográficos de esta tradición precisamente no se basan muy exactamente en los textos evangélicos canónicos. Como sabemos solo Mateo y Lucas citan el nacimiento de Jesús. Repasándolos vemos que Mateo sí cita la estrella pero Lucas no. Mateo nunca habla ni de pesebre ni gruta y solo cita el término “casa”, Lucas sí menciona el pesebre pero no la gruta, y ninguno de los dos dicen nada de la mula y el buey tradicionales.

En cuanto a los Reyes Magos, Mateo que es el único que los menciona, solo utiliza el término magos sin aclarar ni su número ni sus nombres. Por ejemplo, las antiguas iglesias sirias y armenias creían que eran doce, en el siglo II se pensaban que eran dos, y los coptos daban la cifra de sesenta. Es Orígenes en el siglo III el que establece la cifra de tres atendiendo a los tres presentes de oro, incienso y mirra que cita Mateo. En esa fecha se les añade la condición de Reyes ya que el término magos tenía una condición peyorativa. Este atributo real se lo da Quinto Tertuliano, y en cuanto a los nombres aparecen en el siglo VI siendo muchísimos los diferentes que les iban poniendo en las distintas iglesias. Un ejemplo de este proceso de construcción de un relato lo tenemos en Baltasar que no fue negro hasta el siglo XVI, pues en esas fechas, por política ecuménica, se decidió que simbólicamente los tres reyes representaran tres razas.

Volviendo a la gruta, al buey y a la mula, es evidente que san Francisco debía conocer muy bien el llamado evangelio apócrifo, es decir, no admitido por la iglesia, de Pseudo Mateo donde se habla de la estrella que brilla encima de la gruta del nacimiento, de que María salió de la gruta al tercer día con el niño y que lo colocó en un pesebre donde lo adoraron y dieron calor el buey y la mula.

Hay que decir sin embargo que el relato más extenso y detallado del nacimiento de Jesús lo tenemos en el evangelio apócrifo llamado Protoevengelio de Santiago. Este es un texto en griego del siglo II y se conservan de él varios manuscritos medievales. No es el único apócrifo que trata sobre la natividad pues se conservan además de los dos mencionados, el Libro de la natividad de María y Libro sobre la infancia del Salvador.

Respecto a la fecha del nacimiento de Jesús hay que decir que no está citada en ningún texto, por tanto hubo muchas especulaciones en torno a ello en los primeros tiempos hasta que el papa Fabián que ejerció entre los años 236 hasta el 250, decidió acabar con el tema y declaró sacrílego al que buscara una fecha. Se especulaba con algunas como 6 de enero, 25 de marzo, 20 de abril, o 20 o 25 de mayo. La iglesia armenia optó por el 6 de enero  y es la que hoy celebran los ortodoxos.

Es en el concilio de Nicea, año 325, cuando se decide definitivamente la divinidad de Jesús y se establece la fecha de nacimiento del 25 de diciembre. En esta fecha los romanos celebraban con gran esplendor el fin de las saturnales por un lado y, por otro, el natalis solis invicti o “nacimiento del sol invicto” que coincidía con el solsticio de invierno festividad muy celebrada en numerosísimas culturas del hemisferio norte desde épocas muy remotas. Durante el papado de Liberio entre los años 352 y 366 se fija está fecha como inmutable, aunque las iglesias de Oriente continúan celebrando el nacimiento hasta hoy día, el 6 de enero. Sin embargo hay que decir que el catolicismo solo celebró la navidad con liturgia y boato a partir del siglo VIII.

Otros dioses como Horus o Mitra ya nacían en esa fecha en la que se celebraba desde tiempos inmemoriales tanto la muerte del sol-la noche más larga del año-pero también la garantía de que el sol, o sea la luz, volvía a nacer de nuevo, es decir, resucitaba.

Debemos recordar que Lucas cita a los pastores, y en Palestina en diciembre hace mucho frío y no hay pastoreo, por lo que es probable que la fecha real fuera en primavera, opinión que es hoy la más comúnmente mantenida por los historiadores.

También en cuanto al año de nacimiento hay bastantes dudas. Mateo lo sitúa en el reinado de Herodes, es decir en el 4 antes de C. aunque también hay opiniones que lo sitúan en el año 6 ó 7 antes de C. Hay que recordar que en el siglo V fue el monje Dionisio el Exiguo el que con el fin de elaborar unas tablas de cálculo para la fecha de Pascua pues esta dependía de un calendario lunar, fijó como punto de partida el año de la Encarnación de Jesús dando así inicio a nuestro calendario actual de la era cristiana. Hoy se sabe que Dionisio se equivocó entre 4 y 7 años pues dató mal el reinado de Herodes, esto significa que el año “cero” nuestro del nacimiento de Jesús es falso, y si bien no se sepa exactamente cuando fue su año de nacimiento hoy se especula sobre el -4. Además Dionisio no tuvo presente en su conteo el año cero de partida pues en esa época no se conocía ni utilizaba el número cero.

Estos pequeños datos hacen ver que en realidad la base histórica sobre el nacimiento de Jesús es muy endeble aunque por otro lado poco importa ante la fuerza del significado espiritual de su relato.

Podemos terminar hablando como curiosidad de Santa Claus, en realidad san Nicolás nacido en la actual Turquía  en el siglo IV. Este obispo ayudaba  a niñas y jovencitas a no prostituirse y la leyenda cuenta que les dejaba dinero en unos calcetines y ropa y regalos en las ventanas de sus casas. Su culto lo trajeron los cruzados y sobre todo se extendió en los Países Bajos en el siglo XIII y de allí subió al norte de Europa. Los restos de este santo descansan en la ciudad italiana de Bari y prontamente adquirieron fama de realizar grandes milagros. Los holandeses llevaron ese culto a la actual Manhattan y en Estados Unidos se popularizó este personaje al mezclarse con la figura de Papá Noel, noel es una palabra francesa que significa navidad.

En cuanto a Papá Noel, es una reactualización del “padre invierno” propio de muchas tradiciones nórdicas paganas y que se mezcló con la figura de Santa Claus uniéndose elementos simbólicos de ambos. La figura actual de este entrañable personaje es de 1931, orondo, vestido de rojo, barba blanca, etc., y se la debemos a un dibujante de la agencia de publicidad de la Coca Cola que ya utilizaba a Santa Claus en sus campañas promocionales desde 1920. Anteriormente esta figura era representada de distintas formas desde mediados del XIX siendo la más común la de la imagen de un elfo delgado vestido de verde. El mismo origen nórdico-pagano tiene el árbol de navidad, concretamente desde el siglo VIII cuando en Alemania empezaron a talar y engalanar robles con cintas de colores y a rodearlos de velas. Este era un viejo ritual de fertilidad y abundancia que poco a poco se cristianizó asociándolo como símbolo de paz de la navidad. En Estonia y Lituania en el siglo XVI se empezó a “encender” el árbol de navidad en las plazas públicas y así pasó a extenderse popularmente por Europa a partir de que llegase a Inglaterra en el siglo XIX y de ahí a los Estados Unidos.

Este es un pequeño resumen histórico de diferentes aspectos que rodean la Navidad que he creído útil narrar para poner en contexto la profundidad de la enseñanza cristiana respecto al misterio que está presente en estas fechas. Brevemente trataré de ello en la próxima entrada.

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